Comenzamos nuestra sección de novelas serializadas con Kappa, una obra de Akutagawa Ryūnosuke dentro de la colección Hotaru no yume.
En esta publicación iremos compartiendo, capítulo a capítulo, el contenido traducido de esta novela para que todas nuestras lectoras y lectores puedan
Prefacio
Esta es la historia que un paciente de un hospital psiquiátrico, el Número Veintitrés, le cuenta a alguien. Aunque debe haber sobrepasado los treinta años, a primera vista, es un loco de aspecto sumamente juvenil. Las experiencias de la mitad de su vida… no, eso no importa en absoluto. Él simplemente se abrazaba ambas rodillas sin moverse, dirigiendo la mirada de vez en cuando al exterior, a través de una ventana con barrotes de hierro, donde un único roble del que no se veía ni una hoja seca extendía sus ramas hacia un cielo plomizo que anunciaba nieve. Continuó hablando sin parar de esta historia, teniendo como interlocutores al director, el doctor S, y a mí. Y no es que no hiciera ademanes mientras hablara… Por ejemplo, al decir «me sorprendí», echaba la cara hacia atrás bruscamente.
Creo haber transcrito esta historia con bastante exactitud. Si, por otra parte, hubiese alguien insatisfecho con mis apuntes, haría bien en ir a visitar el Hospital Psiquiátrico S de la aldea de XX, a las afueras de la ciudad de Tokio. El Número Veintitrés, más joven que su edad, primero inclinará la cabeza con cortesía y señalará una silla sin cojín, luego esbozará una sonrisa melancólica y repetirá esta historia con tranquilidad. Por último, recuerdo la expresión de su rostro al concluir este relato. Al final, apenas se incorpore, blandiendo los puños repentinamente, le vociferará de esta manera a cualquiera:
—«¡Largo de aquí! ¡Maldito canalla! Tú también debes de ser un animal estúpido, profundamente celoso, obsceno, descarado, lleno de soberbia, cruel y egoísta, ¿verdad? ¡Largo de aquí! ¡Maldito canalla!»
CAPÍTULO 1
Ocurrió durante el verano de hace tres años. Cargando a la espalda una mochila como cualquier otra persona, intenté escalar el monte Hotaka desde una posada de aguas termales en Kamikōchi. Para subir al monte, como usted sabrá, no hay más remedio que remontar el río Azusa. En mi caso, como ya había escalado anteriormente (no solo el monte Hotaka, sino también el monte Yari) ascendí por el valle del río Azusa, sobre el cual había descendido la niebla de la mañana, sin llevar conmigo a ningún guía. Sin embargo, aquella niebla no mostraba ningún indicio de disiparse por más que pasara el tiempo. No solo eso, sino que, por el contrario, se volvía cada vez más espesa.
Tras haber caminado alrededor de una hora, pensé por un momento en regresar a la posada de la que partí. Pero, aun si regresaba a Kamikōchi, de todos modos tendría que hacerlo después de esperar a que la niebla se levantara. Sin embargo, la niebla no hacía más que espesarse rápidamente a cada momento. «Bah, mejor sigo subiendo». Al pensarlo, me abrí paso a través de la hierba y brotes de bambú procurando no alejarme del valle del río Azusa. Sin embargo, con la niebla apenas podía ver lo que tenía delante. Aunque, por supuesto, no es que de vez en cuando no pudiera vislumbrar entre ella las gruesas ramas de hayas y abetos de las que colgaban hojas de un verde intenso. De la misma forma, caballos y vacas pastando asomaban sus rostros repentinamente frente a mí. Pero, apenas creía haberlos visto, se ocultaban de inmediato en el interior de la niebla arremolinada.
A medida que mis piernas se fatigaban, el estómago también comenzaba a vaciarse gradualmente… y, para colmo, la ropa de montañero y la manta, empapadas por la niebla, eran de un peso verdaderamente extraordinario. Al final acabé rindiéndome, así que decidí descender hacia el valle guiándome por el sonido del agua al chocar contra las rocas.
Me senté en una roca a la orilla del agua y me dispuse a comer. En lo que abrí la lata de carne en conserva y recoger ramas secas para encender un fuego, debieron de pasar unos diez minutos. Durante ese tiempo, la niebla, que había sido persistentemente maliciosa, comenzó en algún momento a disiparse débilmente. Mientras mordisqueaba un trozo de pan, eché un vistazo a mi reloj de pulsera. Eran ya más de la una y veinte. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue que una cara un tanto espeluznante proyectó por un instante su sombra sobre el cristal redondo del reloj. Me di la vuelta sobresaltado. Y entonces… esa fue, de hecho, la primera vez que vi a aquello llamado «kappa». Sobre la roca que estaba tras de mí había un kappa, exactamente igual al de las pinturas; con una mano rodeaba el tronco de un abedul y con la otra se protegía los ojos mientras me miraba con curiosidad desde arriba.
Me quedé atónito, sin realizar el menor movimiento durante un rato. El kappa, por lo visto, estaba igualmente sorprendido, pues ni siquiera movía la mano que tenía sobre sus ojos. Al poco rato, tan pronto como me puse en pie de un salto, me abalancé sobre el kappa que estaba encima de la roca. Y, en ese momento, el kappa salió huyendo. La verdad es que, justo cuando me pareció que esquivaba el golpe ágilmente, se esfumó de inmediato a alguna parte. Cada vez más estupefacto, escudriñé a mi alrededor entre la hierba de bambú. Entonces, me percaté de que el kappa se hallaba en posición para escapar, a unos dos o tres metros de mí, mirando hacia donde yo estaba. Aquello no tenía nada de extraño. Sin embargo, lo que me resultó insólito fue el color del cuerpo del kappa. El kappa que me observaba sobre la roca presentaba por entero una tonalidad grisácea. Pero ahora, todo su cuerpo había cambiado a un color completamente verde.
—¡Maldita sea! —grité y me lancé sobre él una vez más.
Huelga decir que el kappa emprendió la huida. Después de eso, durante cerca de media hora, abriéndome paso entre la vegetación y saltando por encima de las rocas, continué persiguiéndolo de manera desesperada.
Podría decir que el kappa era tan rápido como un mono. Mientras lo perseguía frenéticamente, estuve a punto de perderlo de vista en repetidas ocasiones. No solo eso, sino que también resbalé y caí muchas veces. Sin embargo, al llegar bajo un gran castaño de Indias que extendía sus robustas ramas, afortunadamente un buey de pastoreo se interpuso en su camino. Era, además, un toro de gruesos cuernos y ojos inyectados en sangre. Al ver al toro, el kappa, profiriendo algún tipo de grito, se zambulló de cabeza en un matorral de hierba especialmente alta.
«¡Lo tengo!», pensé, y me lancé tras él de inmediato. Entonces, debió de haber allí algún agujero que yo desconocía. Justo cuando creí que mis dedos tocaban por fin la resbaladiza espalda del kappa, caí de cabeza en una profunda oscuridad. El corazón de los seres humanos es capaz de pensar en las cosas más descabelladas incluso en momentos de peligro extremo. En el instante en que exclamé «¡ah!», recordé que cerca de la posada de aguas termales de Kamikōchi había un puente llamado Kappabashi. Después de aquello no recuerdo nada. Solo sentí algo parecido a un relámpago ante mis ojos y, antes de darme cuenta, perdí el conocimiento.
Publicaciones en nuestra web donde podrás encontrar traducciones de sus haikus y artículos relacionados.
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