Domingo, 6 de julio de 2025
Seguimos explorando el trabajo de Takako Hashimoto (橋本多佳子). Esta vez a través de su prosa.
Hace semanas encontré en Aozora algunos de sus haibun y me pareció muy interesante poder compartir con vosotras y vosotros esa conexión única que esta autora tenía con el entorno.
El fragmento de texto que os comparto pertenece a su haibun «Bellotas de shii» en el que nos describe su relación con la soledad y nos muestra una escena que combina lo nostálgico con la ternura de la infancia y sus juegos.

Así que, inspirándonos en la obra de Asano Takeji titulada “Atardecer en el pueblo, Nara” y tras leer el siguiente fragmento de texto de su haibun, hoy os quería pedir escribir un haiku o haibun que captura un momento especial en alguno de vuestros paseos por la naturaleza.
«Aquel día también salí sola, sin más. Como era el día siguiente al Festival de Wakamiya, no había nadie. En la amplia avenida de acceso, solo unas mujeres barrían el polvo del día anterior. Al desviarme a la derecha, hacia Tobihiro, todo era campo de susuki1. Las espigas deshechas brillaban bajo el sol, ribeteadas de luz. Un día más en el que tampoco encuentro grupos de hombres ni mujeres. Eso está bien, aunque no puedo evitar sentir tristeza al ver que no hay niños. Y así, no me nace la inspiración poética.
Crucé el parque de los ciervos y entré al bosque, deteniéndome entre mismos árboles de siempre. Al cruzar el delgado arroyo que bajaba de las montañas profundas, vi los grandes cedros y pinos que el último tifón había arrancado de raíz. Allí seguían, numerados uno por uno, sin que nadie los hubiera tocado. Me senté a descansar bajo uno de ellos, por donde se filtraba la luz. A mis pies, los helechos de Kasuga 2ya marchitos y un espeso musgo verde, mullido y cálido.
En ese momento, de pronto me di cuenta: no sentía en absoluto la soledad.»
椎の実の見えざれど竿うてば落つ– 橋本多佳子
Aunque no se vean
al golpear con la caña
caen bellotas de shii.
Takako Hashimoto
A continuación, te comparto alguno de los haikus escritos por las personas que nos acompañan cada semana en nuestros retos:
Entre los cedros
destajados por el ciclón
se alzan las briznas
Samuel Cruz
de madrugada
sólo el sonido del mar
y el haz de luz.
Luly Lu
Verano triste
ni se oyen los pájaros
Lluvia que llega
Sari Navarro
Bruma en el río
Las ramas se entrecruzan
con el silencio
Sara Elena Mendoza Ortega
No estoy sola,
acompañan mis pasos
los colibríes.
Gabriela Amoríos
Solo mis pasos
y el sonido del agua
a la vera del rio.
Maria Garrido
Mente en silencio
El ocaso de invierno
toca mi rostro
George Goldberg
Hiedra verde,
donde se pierde el sendero
rumor de agua.
Alfonso Portillo
Paisaje gris.
Más allá de las cenizas
muere una vaca.
Slodowska Curie
Luz en los charcos…
Las últimas farolas
no se reflejan
Isidro Blasco
Otra vez sola
con los pies en la arena
el sol se oculta
Eva Otero
Haibun
La fuerza oculta, por Francisco Barrios
Con el paso de los años, mis vecinos no han dejado de cambiar. Esto, que podría parecer una discreta metáfora, lo digo en el sentido más literal: pareciera como si, una vez cumplidos los mandatos de la crianza inculcados en la generación de mis padres, los viejos sin hijos no pudiesen hallarse en las mismas casas que habitaron por años. Simplemente, de un día para otro, empezaron a proliferar los letreros de “Se vende” o “En renta” entre las casas del barrio. Estaba claro. Los hijos que habían partido a la universidad, hacía apenas un puñado de años, no volverían más.
父母を見舞い残る言葉はさようなら。
Visita a los padres.
Solo resta un pendiente:
despedirse.
Muchas cosas sucedieron con los cambios. Algunas casas fueron demolidas, otras ampliadas, algunas más se volvieron edificios de apartamentos. Muchas familias nuevas llegaron, pero parecía haber una novedad constante; la mayoría de ellas lo hacían sin hijos. Ya no eran aquellas parejas con tres o cuatro pequeñines, sino apenas uno, a lo mucho dos, y no pocas veces, en lugar de críos, perros. Por ello, tampoco debía parecernos extraño que los viejos caserones le quedaran grandes a la nueva realidad. Simplemente se trataba de arrastrar el barrio hasta depositarlo en el presente.
古家枯葉のごとく掃き払う。
Casas viejas—
como hojas de otoño
por barrer.
Finalmente, algo similar debió ocurrirles a estos terrenos cuando llegaron mis padres, o bien cuando mis abuelos alcanzaron quién sabe qué tierras. Quizás los viejos propietarios de aquellas casas solariegas miraron con recelo a esos advenedizos y sintieron en su interior un cosquilleo o náusea, algo casi como una premonición, advirtiéndoles que una fuerza oculta se había puesto en marcha. No lo sé, pero me gusta creer que ahora somos lo bastante humildes para reconocer, al igual que los antiguos se jactaban de saber leer los presagios, cuándo nuestro tiempo está llegando a su fin en esta tierra.
樫の木と消えゆく明日や子の声。
Con los robles
también se irá el mañana
y la voz de los niños.
Francisco Barrios
Más allá del puente, por Oscar Cuevas Benito
El puente de madera crujía bajo mis pasos. Al otro lado, el sendero se estrechaba entre cañas y zarzas. Vi un banco cubierto de hiedra, olvidado. Me detuve allí a comer unas ciruelas que llevaba en el morral. El sol temblaba en las hojas. Por un momento, pensé que no había pasado el tiempo.
en la rama seca
una libélula roja
no se mueve
Oscar Cuevas Benito
Andar descalza, por Maria Garrido
A media tarde salí a caminar por el camino de tierra que bordea el río, hacía un calor asfixiante, nubarrones negros en un lado del cielo amenazaba lluvia, en el otro lado cielo azul y yo en medio.
De pronto una lluvia abundante empezó a caer, lejos de inquietarme tomé el camino de vuelta a casa tranquilamente mientras la lluvia lo empapaba todo.
Una tregua al calor tan necesaria…me quité las sandalias y anduve descalza hasta mi casa, disfrutando el momento como una chiquilla.
Bajo la lluvia
que da tregua al bochorno
ando descalza.
Maria Garrido
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