Mayo de 2025
Hoy celebramos en España el Día de la Madre. Y como coincidencia con este día tan especial, os invitamos a escribir haiku inspirados en este día, en la figura de madre que tenéis o que os ha acompañado o habéis desarrollado a lo largo de vuestra vida. Un reto que propone escribir haikus que capturen momentos únicos en los que una madre sea la protagonista. No es necesario utilizar el kigo «Día de la madre» como sí propusimos el año pasado, sino que queremos que el haiku muestre elementos propios de esta época del año.
Os compartimos el reto que lanzamos el año pasado donde os hablábamos de cómo se celebra este día en Japón y el origen del mismo con la esperanza de que también os sirva de inspiración:
Para acompañar a este reto, publicamos cuatro nuevas traducciones:
地上に母立つぴしぴしと椿折る – 橋本多佳子
De pie en la tierra,
mi madre rompe, una a una,
las ramas de camelia.
Takako Hashimoto
母に遺す一高の帽白き百合 – 橋本多佳子
Dejo a mi madre
el gorro del Ichikō
y un lirio blanco.
Takako Hashimoto
門前に児待つ母や山櫻 – 正岡子規
Frente a la puerta,
una madre espera a su hijo.
Cerezos silvestres.
Masaoka Shiki
母親に夏やせかくす団扇かな – 正岡子規
Tras el abanico
intenta ocultar mi madre
su delgadez del verano.
Masaoka Shiki
Acompañando a estos haikus clásicos, hemos seleccionado diecisiete haikus del reto propuesto en nuestro grupo privado de Facebook:
Para mi madre
a la vuelta del colegio
una camelia
Encarna Rodriguez
En este patio
mamá cuida las plantas
de nuevo, mayo.
Catalina María Villa
Sobre tu cuerpo,
crisantemos cortados.
Me ciega el llanto
Eva Otero
Fruta madura
Mamá pela despacio
una naranja
Sara Elena Mendoza Ortega
en el portal
una madre amamanta,
trina un gorrión
Consuelo Orias
Una madre llora
su tristeza entre la niebla.
Voces de cuervos.
Myami Mong
ropa tendida
la sombra de mi madre
va entre las sábanas
Oscar Cuevas Benito
Huele a jazmines
mientras le canta nanas,
junto a la cuna.
Alfonso Portillo
Flores silvestres.
Una madre lava ropas
en el arroyo.
Henry Ovidio Mamani
En el viejo rincón
ante el altar mi madre
La luz del cielo
Miguel Àngel Beltràn Gòmez
día de la madre,
la ropa que echo a lavar
huele a comida
Álvaro Miguel Ortega
En cada paso
que da mi madre
aroma de azahar.
Tomás Mielke
Día de la Madre
Su voz en la cocina
antes del sol
George Goldberg
Con gesto alegre
recibe de su hija
flor de alhelí
Luly/Lu
Patio de rosas.
Y el sol acariciando
la piel de mi madre.
Pilar Roselló
Y los haikus más votados por la comunidad han sido:
Postrada en la cama.
En la frente, la mano
fresca de mi madre.
Slodowska Curie
Otra vez su madre
ha robado unos jazmines
del patio común.
Santiago Kō Ryū Luayza
Este reto tenía una propuesta adicional…
Muchos de los recuerdos que tenemos con nuestras madres son demasiado grandes como para que puedan ser condensado a un solo haiku. Esos recuerdos necesitan mucho más, necesitan un desarrollo que sugiera, al menos, una breve aproximación a las emociones que despertaron el momento que vivimos. Por eso, también invitamos a nuestros colaboradores y colaboradoras a crear haibun sobre sus recuerdos, en memoria de aquellos momentos únicos junto a nuestras madres.

Recuerdos del polvo de tiza
Durante mi infancia mi madre y mi padre eran presencia luminosa. Ella, maestra en una escuela muy cercana a casa, convirtió la vecindad entre hogar y aula en un puente; en cuanto mi edad lo hizo posible, me condujo a cruzarlo y comenzar mi trayectoria escolar. Siempre estaba ahí, pendiente de mis desempeños y avances, dispuesta a corregir y ayudar en casa, lo que sumaba a sus responsabilidades cotidianas como docente.
Para mí ambos mundos convivían permanentemente y en armonía. El aroma a pizarra y a gis, los cuadernos y lápices, los libros, las hojas de tareas, a la par que los días cálidos y soleados que hacían más ligero el levantarse temprano y caminar hacia el colegio, eran un ejemplo de vida y un anhelo para mi porvenir.
Mamá llegaba
con gises en el bolso
y luz de mayo
Sara Elena Mendoza Ortega
La curiosidad del niño de Isabel
«El niño de Isabel es muy curioso» repetían las vecinas: parlanchín, desenfadado y siempre deseoso por conocer más. Pero esta palabra por demás ambigua, «curioso», ocultaba lo difícil que era para ambos padres seguirle el paso al crío, pues si se descuidaban un instante, por breve que fuera, ya estaba platicando con un extraño u observando las cosas —especialmente aquellas que involucraban riesgo— demasiado cerca, porque además de entrometido, el hijo de marras era terriblemente miope.
Poco a poco, la preocupación de Isabel por el niño se volvió enojo, luego cansancio, de allí pasó al fastidio y, finalmente, desembocó en la indiferencia. Entre las cosas que le habían pasado estaba quemarse la palma de la mano con una plancha, enfermar de fiebre tifoidea y tétanos, así como padecer ceguera temporal por un fogonazo de pólvora. Tal vez por eso, aquella tarde de otoño en que su hijo descubrió por primera vez un paquete de hojas de afeitar en casa, Isabel no pudo reprimir una sonrisa maliciosa ante lo que estaba segura que ocurriría.
子の手には剃刀ひとつ母は笑む。
Sostiene el niño
una hoja de afeitar—
sonríe su madre.
La herida fue profunda y no sé si sanó del todo. A veces creo que sí, otras no tanto. Porque aquel niño curioso (y miope) era yo e Isabel sigue siendo mi madre.
Francisco Barrios
Flores en los libros
Cuando abrí el libro de poemas que un antiguo novio le regaló a mi madre, cayó una flor seca. No recordaba haberlo leído nunca. Tampoco ella hablaba mucho de ese tiempo, el de su primer año como profesora en una escuela rural. Al hojear ese libro encontré varias ramas de bugambilia, algunas casi enteras, otras hechas polvo. Solo estaban ahí, como si las hubiera puesto para no olvidar lo que no podía contarse.
Mamá guardaba
ramas de bugambilia
dentro de un libro
Sara Elena Mendoza Ortega
Pasos inadvertidos
Mi madre, como muchas madres, se despertaba antes que nadie y no paraba de trabajar, sin remuneración, todo el día, todos los días. Era un trabajo invisible, de hecho cuando me preguntaban en que trabaja tu madre yo decía que no trabajaba…
Al amanecer
los pasos de mi madre
inadvertidos
Eva Otero
Ninguna casa sin costurero
Mi madre, excelente costurera y modista, no concibe la existencia de un hogar sin su costurero. Uno de los regalos que me hizo para mi casa fue, como no, ese costurero. Ahí está. No le faltaba un detalle. Desde tijeras a hilos de colores. Con los años tengo que reconocer que, ¡es un regalo estupendo! Aunque yo no he heredado la destreza de ella con la costura, me ha sacado de muchos apuros y me trae bonitos recuerdos de mi infancia.
Por la puerta
entra mi madre
con un costurero.
Xili Molina
Lo sagrado del hogar
Aquel dormitorio, hace meses que nadie lo ocupa. Un espacio que sobrecoge. Madre e hija limpian, en silencio, la habitación donde pasaba las horas la anciana abuela, disfrutando del ventanal que daba a una espaciosa terraza, donde cuidaba sus genarios y bellas celindas.
Un hermoso espacio por quien lo habitaba: su madre.
Sigue mi madre
adecentando el cuarto
como un santuario…
Luly/Lu
Fuegos artificiales
Los fuegos artificiales aún no han empezado, pero ya hay luces en todas partes: en los ojos, en los mantones, en las guirnaldas. En un banco, una madre observa. El niño en su regazo chupa el pulgar. La fiesta es grande, pero la ternura lo es más.
noche de fiesta
bajo luces de feria
duerme su luna.
Oscar Cuevas Benito
Un esfuerzo doble (o triple)
Hace tiempo se acostumbraba, en todas las escuelas de mi país, centrar la semana previa al Día de la Madre en la elaboración de alguna artesanía o, si uno ya sabía contar o tenía más coordinación, en ensayar algún baile regional. La culminación de tales esfuerzos era, naturalmente, el Festival del Día de la Madre, donde las asistentes eran agasajadas con comida, bebida, bailes y obsequios.
También, pero eso no lo entenderíamos hasta mucho después, estas fechas representaban para algunas madres un esfuerzo doble o triple, porque no solo debían ocuparse de todo lo que involucraba llevar a sus niños a la escuela, sino además confeccionar los trajes típicos (indispensables para el baile) o terminar en casa las artesanías que recibirían como regalo.
Después de cenar,
mamá tachona en calma
su servilletero.
Francisco Barrios
Me cuesta creer que no es eterna
He visto los brazos de mi madre arrugarse, su cuello amarillear como una hojita de otoño. Aquella mano blanca, marfileña, que ponía el arroz en mi plato con maneras de amables, ahora tiembla al más leve contratiempo, más amable aún, pero con cierta tristeza, su cabecita se mece al quedarse dormida en el sillón, una hojita de nogal… aún cuando la veo alejarse, me cuesta creer que no es eterna.
La voz de mi madre,
una hojita de nogal
en el mundo.
Samuel Cruz
Bajo el sol de la infancia
A mi madre le encantaba el verano. Había nacido en esa estación y siempre decía que por eso le gustaba tanto. Con el tiempo entendí que no era solo el verano lo que amaba, sino pasar tiempo rodeada de naturaleza.
De pequeñas, cada mañana, mi madre bajaba al río, ese río de agua tibia y corriente suave. Mi hermana y yo, una en cada mano, la acompañábamos. Allí, ella dejaba alguna tristeza, encontraba alegría y la paz que necesitaba. Jugaba con nosotras en la orilla, reía y luego hacía un breve descanso bajo la sombra de los árboles.
Bajo aquel sol de la infancia —como dice el poeta— ella era feliz, toda luz.
Se ha ido hace muy, muy poco. Aún no puedo escribir mucho, pero quise compartir este recuerdo de amor…
Río de verano-
Bajo la sombra del sauce
duerme mi madre
Julia Agosti
Finalizamos recordando que nuestra aplicación de haiku está disponible en Google Play para todas aquellas personas que busquen un rinconcito en sus dispositivos para componer, aprender y descubrir poemas clásicos y nuevas composiciones que iremos incluyendo y que han ido surgiendo con los retos de esta casa:
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Te recordamos que puedes enviar tus haikus para la nueva sección de haikus varios en Hotaru. Te dejamos por aquí el enlace:
https://lasendadelhaiku.com/envia-tus-haikus-a-hotaru/
Y para terminar, te invitamos a visitar nuestra última sección de anécdotas en la que encontrarás historias interesantes sobre maestros y maestras del haiku:
¡Nos leemos la próxima semana! 🤍
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