Este año se cumplen 100 años desde el nacimiento de Hachikō, uno de los perros más conocidos en Japón y que representa el más puro valor de lealtad tras haber esperado durante casi diez años en la estación de Shibuya a su dueño fallecido.
Hachikō fue un perro de la raza Akita Inu que nació en Ōdate (Akita) a finales de 1923 y encontró su verdadero hogar unos meses más tarde cuando Hidesaburō Ueno, profesor del Departamento de Agricultura en la Universidad de Tokio, se cruzó en su vida. Al principio, la relación entre el profesor y Hachikō era distante porque había sufrido la reciente pérdida de su perra, lo que hacía que el cachorro le entristeciera. Sin embargo, el pequeño Hachikō no tardó en ganarse el amor de toda la familia. Y tanto fue el afecto del perro hacia Ueno que se volvieron inseparables.

Cada día, Hachikō acompañaba al profesor a la estación de Shibuya para despedirlo antes de que éste marchase a su trabajo. Esta rutina se repetía a diario, lo que hizo que las personas que vivían por la zona o que compartían horarios con ellos se percatasen del extraño ritual que protagonizaban. Al irse a trabajar se despedían, y al volver del trabajo, Ueno se encontraba a Hachikō esperando en la estación para recibirlo. Esta enternecedora imagen, ¿cómo iba a pasar inadvertida?
En mayo de 1925, el profesor Ueno murió tras sufrir una hemorragia cerebral mientras daba sus clases. Hachikō lo esperó en la estación durante horas, llegando a pasar la noche y los días siguientes sin moverse de allí, a la espera de que su amigo volviese del trabajo.
Debido a las circunstancias de la familia de Ueno, ya que no estaba casado con Yaeko, su compañera de vida y madre de sus hijos, la familia tuvo que abandonar su hogar y buscar alojamiento en casa de allegados. Esto provocó que Hachikō no pudiese seguir viviendo con ellos, por lo que Yaeko no tuvo más opción que dejarlo al cuidado de un pariente. Sin embargo, el perro nunca dejó de volver a la estación de Shibuya a esperar a Ueno. Hasta el punto de que acabó viviendo en las proximidades de la estación bajo el cuidado de aquellas personas que conocían al animal y que habían presenciado la rutina que compartió con el profesor.
Fueron casi diez años los que Hachikō estuvo esperando. El perro fiel Hachikō (Chūken Hachikō, 忠犬ハチ公), vivió el resto de su vida en una continua espera, rodeado de conocidos y personas que se preocupaban por él; aunque solo, a la espera de su querido amigo.
En 1934, un año antes de su muerte, fue erigida una estatua en su honor en la misma estación donde esperaba. Se podría pensar que esa estatua, obra de Teru Ando, es la que hoy se conserva en la estación de Shibuya, pero no. La estatua original fue fundida durante la Segunda Guerra Mundial para fabricar armas. Es curioso cómo los conflictos bélicos son capaces de hacernos olvidar todo lo que fuimos con el simple propósito de destruirnos.

Años más tarde, Takeshi Ando, hijo del artista que construyó la estatua original, recreó la obra conmemorativa de Hachikō para que volviese a ocupar el lugar en el que el animal esperó, paciente, el reencuentro con Ueno.
Hoy, el lugar donde se encuentra la estatua de Hachikō es un lugar de reunión. Y a pesar de estar siempre rodeado de curiosos, turistas y transeúntes que esperan impacientes para acercarse a acariciar la figura en bronce de Hachikō, conocer su historia hace de ese lugar un pequeño remanso de paz entre el incansable bullicio de Tokio.

Ojalá, allá donde esté, Hachikō haya podido reencontrarse con su amigo.
A nivel de haiku, existen algunas obras que encontraron inspiración en la vida de Hachikō. Pero hoy, en lugar de compartir esas obras, quería invitarte a que escribieses algún haiku inspirado en la vida de Hachikō y nos lo envíes si deseas que sea publicado en el próximo número de nuestra revista.
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